RUTA AL SUR (Primera Parte)

mayo 18th, 2012 § Dejar un comentario

RUTA AL SUR


Primera Parte


Eran cosas del destino. Cuando ella salió de su casa nunca pensó lo habitual que podría llegar a ser aquél día, todo seguía igual, las mismas calles, los mismos tumultos de gentes, el mismo señor al que siempre le compraba alguna fruta. Nada había cambiado, hasta el pedazo de piña estaba igual de ácido que aquél del día anterior, ambos, irremediablemente terminaron habitando la caneca metálica brillante de la esquina siguiente. No era la primera vez que hacía esto, en muchas otras ocasiones tuvo que botar alguna de las frutas que solía comprarle a aquél señor de tez morena que siempre le decía con alegría: -Buenos días, señorita; tal vez por esto, -por la cordialidad y la tez morena-, nunca se atrevió a botar o dejar de comprar alguna de las frutas que permanecían en la carreta de madera, envueltas en plástico y dispuestas a ser comidas.


Espero el bus mientras pensaba en la eterna inmovilidad de la gran autopista. Todo seguía igual, las mismas rutas y los mismos micro-buses llenos de gente, las caras de desespero y las ruinas del futuro permanecían allí fijas y sin sentido. Pensó entonces que el espacio y el tiempo se perdían cada mañana, cada tarde y cada noche, que no iba a existir un día diferente en ese lugar, se preguntó qué pasaría si cambiara de ruta, si en vez de seguir hacia el norte tomaba un bus en el sentido contrario, espero una señal, de repente la luz verde del semáforo cambio a rojo y vio realizada su oportunidad de desviar de camino. Avanzó rápidamente, su sonrisa se confundió entre la gente que venía de frente a ella escuchando música, cargando sus pesadas maletas y cuerpos envueltos entre chaquetas, bufandas y gorras listos para ser comidos por los pequeños micro-buses.


Pronto estuvo al otro lado, en el otro hemisferio, en la ruta que la llevaría al Sur. Lo único que permanecía idéntico era el semáforo y la gente que aguardaba afanosamente con sus caras de desespero para cruzar al lado en el que ella ya no quería estar. Camino lentamente y pensó que sería poco afortunado pararse a esperar un bus, después de que llevada por la locura o el destino estaba ahora parada en ese lugar que siempre miraba desde la lejanía con cara de nostalgia mientras era engullida  lentamente y de forma incompleta por alguno de los buses de la gran autopista. Muchas historias pasaron por su cabeza, había escuchado mitos y relatos de lugares fantásticos que se encontraban en el nuevo camino que decidió andar esa mañana. Poco a poco se fue alejando de los tumultos y los grandes edificios para desviarse hacia el que sus abuelos llamaban Camino al Tequendama. Todo estaba cambiando, su ropa ya no era la misma y las casas blancas con techos rojizos de barro le recordaban una época que añoro vivir, pero que siempre creyó incierta, mujeres con vestidos largos y llenos de ornamentos, hombres vestidos de negro y uno que otro montado en finos caballos se paseaban por la plaza.


De repente, una voz que decía: -Buenos días señorita se escuchó a lo lejos, y con ella llegó la desilusión de pensar que todo lo que estaba sucediendo no era nada más que una de sus ficciones habituales de cada mañana, ficciones que sólo suceden  mientras se espera un bus o se recorren largos recorridos de tiempo y distancia con la mirada fija en la ventana. Temerosa de volver a la realidad, giro su mirada y se encontró con la imagen de una mujer mayor de tez india que llevaba en su brazo un gran canasto. -Desea usted una almojabana o garulla señorita-. Alguna vez, había escuchado la leyenda de un grupo de mujeres que rodeaban la plaza principal del pueblo y deleitaban a los viajeros con sus especialidades culinarias, entre ellas, las almojabanas. Las cuales, agregaban algunas voces, eran únicas en la región debido a una receta secreta que jamás se pudo conocer y que se perdió el día en que estas mujeres fueron desalojadas de la plaza central y se vieron obligadas a comenzar a transitar la habitual ruta que llevaba hacia el norte.


Sin dudarlo, introdujo su mano en el canasto y tomó una de ellas, lentamente se la llevó a la boca y comenzó a sentir el movimiento del  tiempo y el espacio, la inmovilidad ahora estaba ausente y sus sentidos ya no eran presos de la acidez del monoxido. Supo que estaban hechas de leche, o por lo menos a eso sabían, supo también que nadie más que las manos de la sabiduría campesina podrían tener en su memoria la receta de algo tan especial, entonces, miró fijamente a la señora y tomó del canasto unas cuantas más con el fin de tener algo que comer para su viaje. Contrario a lo que sucedía cada mañana con las frutas envueltas en plásticos, sintió el calor de las tradicionales arepuelas y llenó su memoria de acontecimientos que nunca había presenciado, pero que sentía más cercanos, más suyos. Tal vez la memoria sea eso, una gran canasta tejida de fique y los recuerdos todos los sabores, sensaciones, miradas que se pueden guardar allí, en esa canasta de tejidos.


Antes de partir, miró nuevamente la plaza, sus casas, sus gentes. No se sentía extraña en aquel lugar, por el contrario, el ruido de los cascos de los caballos, el aroma de las almojabanas y los vivos colores de las frutas y verduras que traían los campesinos a vender en la plaza la hacían sentir parte del territorio, era un cambio extraño pero maravilloso, en donde la rutina de lo habitual le fue dando paso al sentimiento del habitar. Retomo su ruta, siguió por el viejo Camino Tequendama hacia el Sur y tropezó nuevamente con una multitud, todos festejaban algo y algunos habitantes hablaban de un casamiento entre dos personalidades de la región. Sin mucho interés, caminó lentamente hacia la iglesia de la plaza y observo lo que sucedía, al fondo un hombre y una mujer vestidos con trajes lujosos unían lazos de amor, por lo menos eso pensó en el momento, sin embargo, atraída por la curiosidad de lo ornamental del traje que llevaba puesto el novio, pregunto a alguno de los transeúntes por el origen de aquél hombre:  -Es un libertador, un hombre de leyes -le susurraron-. Entonces, sin dudarlo comprendió que aquella boda no tenía nada que ver con el amor, sino que era más bien, la alianza republicana entre dos familias con el fin de obtener más riqueza y poder, la boda no era más que un cruce de linajes, propio entre las elites de aquella sociedad.


Sin importar lo intenso del frío, camino en medio de la niebla, las grandes casonas y los campos abarrotados de reses, ovejas y caballos. Conocía muy bien lo apto de las tierras para este tipo de actividad económica gracias a sus abuelos, éstos habían trabajado durante algún tiempo en una de las principales haciendas de la región, su abuelo, según los relatos que le contaba su madre se dedicaba a la crianza y cuido del ganado, mientras que su abuela, atendía los oficios de la casona y los hijos de los patrones, los cuales, llegaban de vez en cuando a recorrer su terreno e impresionar a las damas de la región haciendo grandes travesías a caballo. Su abuela, conocedora del lugar, siempre les gritaba antes de salir: -Cuidado con el Diablo jóvenes!, por lo que creyeron que aquella mujer estaba loca y que se inventaba historias de diablos y monjes para hacer un poco menos tedioso lo habitual que podría llegar a ser cuidar una casa que permanecía la mayoría del  tiempo sola, ficciones que sólo suceden mientras se esta sentado en una vieja silla con la mirada fija en la ventana.  Poco tiempo después, y luego de muerta su abuela, esos mismos jóvenes, algo ya mayores tendrán que enfrentarse al Diablo en un lugar llamado El Tuso.


Cansada ya, saco de su mochila una almojabana, se sentó en frente de la gran laguna y probó sus aguas claras, la noche comenzaba a llegar y extrañada por lo que le estaba sucediendo se preguntó por un momento cuándo llegaría a la realidad. Dudo en dormir, presintió que si lo hacía, a la mañana siguiente estaría debajo de sus cobijas, escuchando una alarma, levantandose y enfrentandose nuevamente a la habitual realidad. El frío era cada vez más intenso, por eso camino hacia unas grandes rocas y se ocultó en medio de ellas, prendió algo de fuego para darse calor y miró a su alrededor dentro de la cueva, sorprendida alumbró los muros y se encontró con una serie de jeroglíficos, trazos en zig zag y figuras antropomorfas que no logró comprender, pero que le dieron tranquilidad para dormir, se recostó mientras miraba un gran árbol que a lo lejos cuidaba una extraña construcción, lentamente cerró los ojos y guardó en su canasto de tejidos, en su corazón, todos los recuerdos de aquél día.

Autor: Juan Camilo Díaz

Fotografía: Nancy Jerez 

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Músico

enero 11th, 2012 § 2 comentarios

Todo mundo esperaba la llegada de Músico, el calor era insoportable y los vientos se habían ido para no retornar jamás. Sólo las manos de un músico podían arreglar la cuestión, su sabiduría en los acordes, tonos y vientos era necesaria en estos casos de sofoco, por lo menos no eran pocas las voces que daban crédito a los buenos oficios del personaje en mención, no es fácil traer de vuelta los frescos vientos y menos en un lugar tan caluroso como Borneo.
Poco a poco los gestos de desesperación se iban confundiendo entre las historias y risas de los viejos, algunos recordaban las viejas épocas de calor que tenían que soportar en las largas jornadas en el campo sembrando o regando la tierra. La tía se quejaba del calor mientras caminaba de cocina en cocina llevando los ingredientes para los pasteles del año nuevo: cerdo, gallina y una gran variedad de hortalizas flotaban en medio del salón de palma y de los recuerdos que evocaban la imagen de la abuela Temilda. -No me pidan que haga pasteles grandes, esos sólo los hacía la abuela!. -Estuviera la niña Temi viva, aquí estarían todas sus hijas, nietas y nueras ayudando en la cocina!. Pero hace ya mucho tiempo que esas épocas habían dejado de estar presentes, para convertirse en la inevitable sensación que de alguna manera recordaba a Temilda Dueñas, la mujer, la madre y la abuela.

Todo podía pasar, pero que el aire dejara de soplar era algo que nunca nadie había previsto, ni siquiera el abuelo, quien siempre estaba un paso adelante a los acontecimientos. Como no haber previsto que los árboles dejarían de cantar y que el agua no se movería más y permanecería allí en su lugar de siempre, fija e inmóvil, como un gran espejo. ¿En donde quedaron sus ondas, sus tiempos y sus ritmos? ¿A dónde se habían ido los vientos y con ellos el deleite de la frescura que nos permite vivir más tranquilamente?. Todo esto parecía una tetra del más allá, un juego de brujas o una acción del demonio, la ausencia del viento no era algo que pudiera ser provocado por manos humanas, pero que tal vez podía ser solucionado por Músico, su conocimiento en los vientos debía servir para sacar a Borneo de este extraño acontecimiento que nadie se esperaba.

Las historias de los abuelos y los viejos eran cada vez más cortas, los recuerdos a plena voz de la tía ya no se escuchaban de manera constante, las conversaciones se fueron quedando a medias, poco a poco todo iba quedando en silencio, el alma de Borneo se había comenzado a esfumar al igual que el sinsonte de la sabana y su capacidad para imitar todos los sonidos del campo. Poco a poco la noche llegaba y el extraño acontecimiento comenzaba a modificar las costumbres de los animales; en el corral las vacas y terneros se movían desesperadamente y las gallinas nunca encontraron el camino hacia el galpón. Los pasteles de la tía parecían no estar hechos, la brasa de la leña con la que se acostumbraba a cocerlos no se hacia presente en el fogón. Todos se habían quedado quietos bajo la casa de palma con la mirada fija hacia el camino, mudos, esperaban la llegada de Músico, tal vez entre las palabras imposibles de decir cada uno buscaba una solución o elevaba plegarias al cielo para que éste personaje llegara pronto y con él retornara el viento.

De repente, a lo lejos se escucho un pequeño sonido, era como una especie de banda pelayera tocando uno de los viejos porros que tanto gustaban en la región y que evocaban la magia del río Sinú. El sonido aparecía y desaparecía, perdía su fuerza en los cerros, nada se había escuchado ya durante horas y todos temían que al llegar a Borneo la falta de aire petrificara el sonido de los bombardinos. Un sombrero vueltiao se veía caminar en el horizonte, un viejo con camisa guayabera caminaba al ritmo de la música que nadie sabía de donde provenía pero que acompañaba cada paso de aquél hombre. Cada vez que se acercaba a la casa, su paso era más lento y los sonidos perdían fuerza, de pronto estaba allí frente a la inmovilidad de los caobos, campanos, robles y tekas de Borneo. Sorprendido, comprendió que la falta de aire que afectaba a Borneo no era sólo un problema que se arreglaría echando un poco de aceite a los viejos abanicos, el aire en Borneo se había ido y con él la música, el ritmo de la vida, la cotidianidad de un lugar lleno de historias que hoy estaban ausentes.

Ese era tal vez el problema, la ausencia, pero la ausencia de qué o quién. Exploró todos los lugares, fue a los corrales, se sumergió en las represas, subió los cerros que en la infancia caminaban los nietos, se paro bajo la sombra de los palos de mango, miro a sus alrededores y de repente encontro tiradas en el suelo las plumas de una vieja lora, allí estaba su lugar vacío y en su interior una coca de arroz con coco y un platano maduro que no alcanzó a comer. Entonces tomo en sus manos las plumas que encontró, las toco de manera delicada mientras cerraba los ojos, las lanzó al aire entre las ramas de aquél viejo palo de mango que permanecia como testigo de la historia de Borneo, levantó los brazos y comenzó a moverlos con un ritmo de fandango, mientras bailaba en sentido contrario a las manecillas del reloj lanzó su sombrero vueltiao a la tierra, en ese momento los árboles comenzaron a moverse, sus hojas, grandes o pequeñas desprendían ritmos inigualables y los pájaros comenzaron a cantar, las vacas y terneros a bramar, los hombres y mujeres a hablar. Todos ellos juntos formaban una banda de música campesina que tocaba a un sólo ritmo una vieja composición llamada “La Lorenza”, el viento había vuelto para recordar las palabras de una vieja lora que se había ido y con ella se había llevado los aires por un día para ser recordada al ritmo de los sonidos campesinos gracias a Músico, un viejo hombre que se dedicaba a arreglar abanicos para traer la frescura de vuelta.

El Expreso Rojo

diciembre 14th, 2011 § Dejar un comentario

Primera Parte.

Que importa!. Al fin y al cabo ustedes y nosotros pensamos de manera diferente, por eso nosotros terminamos haciendo versos, prosas y contando anécdotas que sólo pueden pasar por la mente de alguien que siente semejante pasión.
Que importa sí es hoy o mañana!. Al fin y al cabo tener pasión es también tener paciencia, así como cuando se toca y se toca el balón dentro de la cancha para encontrar ese espacio por el cual meter un pase lleno de magia. ¿Y luego? Luego un grito, o tal vez, un rugir, una emoción fuerte, un sufrimiento. No importa lo que sea, las pasiones siempre tendrán buenos resultados.
Mí primer recuerdo es una vieja camisa roja y blanca de mangas largas con un gran escudo en el centro, que llevaba puesta el cuerpo delgado de mí padre. Siempre al lado de él y sus interminables trazos nocturnos permanecía un radio de cuero que hablaba de fútbol y polémicas, fue por medio de esa mágica caja de cuero que escuche por primera vez al Dr. Peláez, una voz tranquila y pausada que se mantiene presente en todos mís conocimientos sobre fútbol. Como una voz en off, todos mís domingos fueron narrados por ese viejo radio, mi vida corría a la par de las mejores jugadas del equipo que me enseño a querer mí padre: Independiente Santa Fe.
No olvido aquél domingo que me rompí los dientes mientras jugaba fútbol en la calle polvorienta del barrio y escuchaba celebrar los goles del “Tren Valencia” frente al rival azul, aquella tarde ganamos 7 – 3 y poco importo la sangre que brotaba de mí boca.
Que importa!. Al fin y al cabo así son las pasiones, una mezcla de emociones y sentimientos que sólo pueden ser expresadas con gritos y alegrías. Mí padre siempre me contaba (Y me cuenta hoy en día) las hazañas de un tal “Alfonsito Cañon”, Pandolfi, Ernesto Díaz, Sarnari, Delio “Maravilla” Gamboa, Omar Lorenzo Devanni y otro tanto que se convirtieron en insignia para alguien que era el único hincha de Santa Fe entre un grupo de hermanos aficionados al rival de patio. Pero aquél domingo, en medio de la felicidad y la sangre roja que aún salía de mí cuerpo, un tren se convirtió en mí primer idolo, disfrute de sus jugadas y goles, un tren que con una potencia inimaginable vulneraba los arcos rivales. Un tren, un equipo que algunos apodaban el “Expreso Rojo” en sus transmisiones dominicales, porque cada vez que tocaba la pelota y luchaba noventa minutos por una victoria, el Tren que atravesaba la sabana bogotana hacía sonar sus bocinas como gritando en una sola voz: Santa Fe!!! Santa Fe!!! Tal vez esa sea la razón por la cual vivó enamorado de los trenes eléctricos y me apasiono cada vez que veo su recorrido.

Juan Camilo Díaz.

Yo educo, tú educas, ustedes nos entrenan.

septiembre 19th, 2011 § Dejar un comentario

Raoul Vaneigem (belga, nacido en 1934)
Convertido en uno de los inspiradores del pensamiento de la corriente contestataria
de mayo del 68 con un libro de culto: Tratado del saber vivir para el uso de las jóvenes
generaciones (1967). Realiza una crítica radical del capitalismo, instrumento de muerte y
alienación, y defiende la revolución como condición de realización del goce.

Adiestrar al animal rentable
¿Ha perdido la escuela el carácter repelente que presentaba en los
siglos XIX y XX, cuando domaba los espíritus y los cuerpos para las duras
realidades del rendimiento y de la servidumbre, teniendo a gala educar por
deber, autoridad y austeridad, no por placer y por pasión? Nada es más
dudoso, y no puede negarse que, bajo las aparentes solicitudes de la
modernidad, muchos arcaísmos siguen marcando la vida de las estudiantes
y de los estudiantes. ¿No ha obedecido hasta hoy la empresa escolar a la
preocupación dominante de mejorar las técnicas de adiestramiento para que
el animal sea rentable?
Ningún niño traspasa el umbral de una escuela sin exponerse al riesgo
de perderse; quiero decir, de perder esa vida exuberante, ávida de
conocimientos y maravillas, que sería tan gozoso potenciar en lugar de
esterilizarla y desesperarla bajo el aburrido trabajo del saber abstracto. ¡Qué
terrible notar esas brillantes miradas a menudo empañadas!
Cuatro paredes. El asentimiento general conviene en que allí uno será,
con consideraciones hipócritas, aprisionado, obligado, culpabilizado, juzgado,
respetado, castigado, humillado, etiquetado, manipulado, mimado, violado,
consolado, tratado como un feto que mendiga ayuda y asistencia.
¿De qué os quejáis?, objetarán los promotores de leyes y de decretos.
¿No es la mejor manera de iniciar a los pipiólos en las reglas inmutables que
rigen el mundo y la existencia? Sin duda. Pero ¿por qué los jóvenes
aceptarían durante más tiempo una sociedad sin alegría ni porvenir, que los
adultos ya solo se resignan a soportar con una acritud y un malestar crecientes?
Aviso a escolares y estudiantes, traducción de Juan Pedro García del Campo,
Debate, Barcelona, 2001.

Tomado de: Manual de Antifilosofía. Michel Onfray

Sin título.

septiembre 12th, 2011 § 1 comentario

Descartes necesitaba pensar para existir. Dudó de todo lo que lo rodeaba, hasta cuando al fin, en una noche fría bajo el calor de una vieja estufa encontro su “cogito, ergo sum”. Pobre Descartes, tuvo que encerrarse para encontrarse a sí mismo. Odie siempre ese tipo de pensamiento aislado, lo critique y de hecho lo sigo criticando, pensar lejos de los otros, de la alteridad, del mundo y de las pequeñas circunstancias que rompen tu cotidianidad no me parece que sea el mejor tipo de pensamiento.

Me gustan los paisajes, no aquellos que aparecen en grandes posters o en cuadros pintados al oleo, me gustan aquellos paisajes en los cuales puedo apreciar el infinito del horizonte, esos en donde eres una simple miríada que se desvanece en la inmensidad del universo. Descartes se encerró en una casa alejada para pensar, Heidegger se interno en la selva negra alemana para encontrar que el “ser-ahí” era un “ser-en-el-mundo”. Grandes pensadores de la historia que nos legaron grandes pensamientos.

A veces, cuando me siento en mí escritorio frente a la enorme pantalla del computador veo sólo paisajes, horizontes finitos que sirven como “wallpaper” para tu monitor. A veces siento que mí pensamiento termina allí, encarcelado en el sistema binario que transporta esa enorme cantidad de datos que nunca llegamos a comprender. Pero ahí estoy, allí en la silla roja esta mí ser-en-el-mundo, limitado al horizonte que alcanza a ser encuadrado en una fotografía que no se quién tomo.

Me gustan los paisajes porque están llenos de colores, porque te invitan a caminar descalzo, a sentir. Entonces tu pensamiento fluye, se mueve, se escapa de la monotonía, del “cogito, ergo sum”, del “yo pienso” para convertirse en un nosotros. Siempre cuando escapo de mí mismo logro que mí paleta se llene de múltiples colores, logró que mí pensamiento salga de “excursión” y los pensamientos dejen de ser tan densos y cansinos.

Pero a veces, sólo a veces, mis pensamientos terminan encarcelados, sentados en la silla roja observando la misma postal. Cables que atraviesan las calles, azoteas con ropas colgantes, montañas que se desvanecen y cerros repletos de luces de pobreza.

Sinuosidades (Un cuento)

septiembre 6th, 2011 § Dejar un comentario

Sinuosidades

Creo que ahora tendré que pedir permiso para morir un poco. Con permiso, ¿eh? No tardo. Gracias. Susurró suavemente mientras la brisa de la tarde tumbaba las flores del mango. No era que su existencia lo hubiera aburrido, tampoco estaba pensando en dejar de estar en el mundo de manera premeditada y trágica. Simplemente necesitaba cerrar los ojos para morir un poco y recordar; o acaso no aseguran los místicos y algunas religiones que cuando se muere el alma recoge los pasos dejados en el mundo. Tomo su mecedora y se alejó, prefirió sentarse bajo aquél níspero que siempre paría, prefirió escuchar el paso del río, sentir su corriente y de vez en cuando levantar la mirada para ver pasar con nostalgia una de esas viejas barquetonas que en tiempos lejanos atravesaban las aguas trayendo consigo el “progreso”: Ropas finas, perfumes, transistores y uno que otro extranjero bien vestido, pero sofocado con el intenso calor y las picadas de los insectos.

Lentamente el anaranjado sol se fundió entre las aguas verdes y sepias del río, su cuerpo se mecía al ritmo del ocaso y como en un abrir y cerrar de ojos los recuerdos comenzaron a transformar la lenta brisa en un vendaval de emociones y sentimientos; el níspero dejó caer sus frutos maduros, estaban listos para ser comidos al igual que sus recuerdos. Aquél viejo hombre negro, que pidió permiso para el retiro y el retorno, dejó caer una lágrima sobre su rostro. No se pasa dos veces por el mismo río, pensó. Sus aguas fluyen o son desviadas por la mano del desarrollo. En los mapas modernos ya no existía ese antiguo puerto en donde se mezclaban los blancos con los indios y negros para el trueque de mercancías y cuerpos. Pero la memoria, esa facultad infinita que guarda recuerdos, es como el río, sinuosa. Va de allá para acá trayendo nuevas cosas. De repente se encontró allá. Puerto Yañez se llamaba aquél lugar de ires y venires. Su gran cuerpo negro forrado de un blanco almidonado sobresalía entre el trajín de los esclavos y el afán de los comerciantes de frutas y animales.

Acá, unos días antes, había recibido la visita de un viejo amigo de su pueblo. Era un hombre llamado Nepomuceno con el que compartió gran parte de su época de adolescencia, aventuras marcadas por los oficios que la vida rural impone a aquellos que se crían en el campo. Conversaron sobre las peleas de gallos, las fiestas y también sobre asuntos médicos. ¿O acaso no es un asunto de galenos cazar iguanas para abrirlas, sacarle los huevos y luego volver a coserlas?. Rieron recordando aquellos momentos. Pero Nepomuceno, no había ido hasta allí sólo para reír, después de una gran pausa y un silencio que únicamente dejaba oír el monólogo de una vieja lora, levantó la voz y le contó a su compadre lo que estaba ocurriendo en el pueblo. Ya nadie siembra, se acabo el tiempo de las hortalizas y los mameys. Ya no huele a fruta madura, ahora el polvo de la velocidad deja en el aire un profundo olor a gasolina. Ya no existen las parcelas con casas, kioscos de palma y viejas cocinas de barro. “La Marina”, esa vieja finca productiva en donde nacieron tus hijos y con ellos las mejores hortalizas de la región ya no produce nada, pronto dejara de ser el suelo de las raíces, para convertirse en el frío suelo que sirve de cimiento a los ladrillos. El río fue desviado, el olor a bocachico frito y a sancocho se fue para no volver jamás, así como también se ha ido el eterno cacareo de las gallinas a mediodía.

-Gracias a Dios, nos queda la memoria-, murmuró suavemente mientras escuchaba. No dijo nada más. Se quedo inmóvil en su mecedora. Ya es tiempo de morir un poco así como mueren esos viejos territorios en donde cuerpo y alma dejaron sembrada la historia. Extrañado del silencio de su compadre, Nepomuceno tomó su viejo sombrero vueltiao y se fue. No podía esperar más, su amigo ya no era el joven aguerrido que convocaba a las multitudes para oponerse a los atropellos de los más poderosos o para comenzar la tarea colectiva de construir una escuela. Pero que pretendía Nepomucemo, pensó. -Que me levantará de esta vieja mecedora y me enfrentará a una gran máquina. No, mi tiempo de morir esta aquí, en este lugar, al lado de la suave brisa del río y no enfrente de una gran pala mecánica.

Poco a poco fue retornando a Puerto Yañez, el ruido ensordecedor del gemido de los puercos que presienten su hora para morir lo obligó a reaccionar rápidamente de su estado de quietud. Recorrió la plaza del puerto, se sentó en la cantina y bebió una cerveza fría. De repente, a lo lejos, observó como del horizonte se desprendían dos figuras, un hombre y una mujer caminaban en medio del mercado. Ella, de piel blanca y vestida con ropas finas. El, negro y vestido con un pantalón arremangado y una camisa a medio abotonar, ambos reían. Sus rostros le parecieron familiares. Al verlos, sintió la sangre correr por su cuerpo más rápido de lo normal, como cuando el río crece y desborda sus aguas. Su corazón palpitaba cada vez más fuerte y su sonido se confundía con el golpe seco que produce la ficha de dominó al encontrarse con la mesa. Todo fluía más rápido, el río se desbordaba y las gentes corrían, los recuerdos se iban de allá para acá, desaparecían en un abrir y cerrar de ojos.

De repente, sintió el sonido de una vieja puerta oxidada que se abría. Tal vez más acá que allá, una voz extraña lo llamaba de manera insistente. Inmóvil sobre su mecedora, el aire que entraba por la ventana de la pequeña habitación blanca despojo de sus manos una vieja foto húmeda y borrosa de la cual se alcanzaba a distinguir una pareja. Preocupada por su silencio, la enfermera tomó su muñeca y palpó el pulso, era tarde ya. El alma de aquél hombre se había ido con el recuerdo y el olor del río, retirándose para retornar al lugar donde todo había comenzado.

Juan Camilo Díaz Moya.

Cegueras o mí interés por la ecología. ¿Posmodernismo?

agosto 30th, 2011 § 1 comentario

A continuación Fragmento del libro del Maestro Orlando Fals Borda titulado Ante la crisis del país: Ideas-acción para el cambio. (2003) Capitulo 11: Retorno al compromiso práctico.

“Como prueba de que estamos entrando a este nuevo ciclo de madura preocupación sentipensante que pueda llevar a un compromiso intelectual y político más sereno -según el esquema vivencial del Maestro Molina-, me permití presentar en esos días lo que llamé un “Plan V”, por Vuelta al campo y a la vida, que busca llevar una Segunda República o República Regional Unitaria en nuestro país. Es un sueño que deseo introducir aquí para repensar el tema de construir nación hacia lo que se ha llamado nación-en-red, y aprovechar planteamientos de refuerzo que provienen de las obras de Gerardo Molina. Diría que nos acercamos a otro planteamiento utópico, o idea-acción, la de un ecosocialismo libertario cuyos principios se están perfilando, a nivel mundial, como la única alternativa válida al destructivo capitalismo neoliberal actual, por razones éticas, políticas y ambientales.
(…)Además, se inspiran en los sólidos aportes de Molina sobre socialismo y ecología, que podemos recoger de las muchas páginas que sobre estos tópicos ofrece su penúltimo libro, titulado Las ideas socialistas en Colombia, que es un himno al optimismo compuesto en 1987 con su usual madurez y visión de estadista. Allí escribe Molina: “Resulta evidente que la verdadera victoria de la ecología sólo podrá darse dentro del socialismo, ya que es patente que la explotación económica de unos seres por otros, transforma el equilibrio que debe reinar para que la especie humana disponga del medio que le permita realizarse” (pág.356).
Concluye este libro comprometido de la siguiente manera: “El socialismo democrático, a pesar de todo, es posible. Basta que la mayoría de los hombres lo quieran. El deber de los intelectuales es inducirlos a que lo intenten” (pág.360).
(…) Concluye Fals Borda, a través de su diálogo con Gerardo Molina, que de lo que se trata: No es de imitar el socialismo conocido del siglo XX, sino otro autóctono, realmente participativo y democrático, que corrija la insatisfactoria situación actual. Según las últimas reflexiones del colega Libardo Sarmiento, el ecosocialismo así postulado tiene dos grandes metas: la autoemancipación de las personas y la autogestión de las comunidades.”

Diálogos como el anterior se dan muy poco, nuestras ciencias (naturales, humanas o sociales) se encuentran determinadas por una especie de ídolos o paradigmas que en algún momento Wallerstein invito a “impensar”, por esa razón es difícil encontrar en los discursos o debates un tipo de pensamiento tan maduro como el que se encuentra en las líneas del sociólogo Orlando Fals Borda, por el contrario, podemos encontrar textos extensos, duros, analíticos y poco sintéticos que nos hablan de las ideas de Marx, Bourdieau, Foucault, etc., o que se traducen en las mismas discusiones áridas sobre las dinámicas del capitalismo, el neoliberalismo, la geopolítica, etc.

Un ejemplo de lo anterior es la Revista CEPA, creada por Fals Borda y dirigida por él mismo, la cual, a su muerte se convirtió en un vehículo para las ideas y posiciones políticas de un “intelectual” crítico del sistema. Quien quiera llenarse de verborrea supuestamente socialista, comunista, anticapitalista, antiimperialista abra sus páginas y ajuste sus cinturones para el largo viaje dogmático de “Remarx”, apodo con el que se le conoce al director de dicha revista (Al día de hoy, no se sí la revista siga circulando y sí este Sr. siga siendo su director). Una lastima, porque sí algo podía encontrar uno en CEPA era una multiplicidad de temas sociales, económicos, culturales y políticos.

Es curioso que en los debates sobre el estado de las ciencias sociales, su presente y futuro, se nombre poco a Fals y se promueva mucho menos el “método sentipensante” como forma y lógica para entender la realidad social, cultural, política, económica e histórica. Sin embargo, y sin animo de parecer un ciego discípulo, quiero recalcar aquí la madura preocupación sentipensante que condujo a Fals a preguntarse por el sentido de la ecología y su importancia en el análisis social.

Cuando escribió su “Historia doble de la Costa” Fals tuvo la oportunidad de sentir y conocer la realidad de los habitantes de las riberas de Mompox, El San Jorge y el Sinú. El hombre hicotea emergió de este vuelta a la tierra, un hombre capaz de adaptarse a su territorio y crear una relación equitativa con la naturaleza, un hombre que comprendía la importancia y riqueza del territorio sobre el cual vivía, comía, soñaba, sentía, luchaba, caminaba, aprendía, festejaba, etc. El hombre hicotea era la representación del hombre autóctono. Allí en la “Historia doble” se hallan las raíces de su preocupación por la ecología, esa que tradujo en un proyecto político que se enmarca en la necesidad de crear, fomentar y promover un “ecosocialismo”. Pero es aquí donde comienzan los problemas.

¿Por qué ecología y socialismo, luego la primera no es una especie de ciencia contemporánea, poco rígida y guiada más en los postulados de la posmodernidad, del “todo vale”?, pero peor aún, ¿Acaso el socialismo no es un sistema político “rígido” enmarcado en los postulados del comunismo y surgido en la modernidad como contraparte del Estado-Nación burgués y liberal?. No se que le dirían los más dogmáticos a Fals sobre su propuesta, algunos tal vez, afirmarían que dicha tesis se encontraba enfocada en los Estudios Culturales, otros que él era un intelectual del sistema que se había educado en el Imperio. Por mí parte, considero que Fals comprendió el sentido de la ecología alejado de las visiones utilitarias de la modernidad, según las cuales, el hombre y su razón son capaces de explotar la naturaleza. Tener un interés por la ecología es alejarse de ese tipo de racionalidad instrumental bajo la cual se han creado los sistemas políticos que hoy están en crisis.

De allí que Fals sostenga un dialogo con Gerardo Molina, pensador que formuló las principales tesis del socialismo en Colombia, no hay que ir tan lejos a buscar el socialismo, no tenemos que atravesar océanos para tropezar con él, Molina y Fals nos invitan a poner los pies sobre la tierra y a vivir entre nuestro entorno. El socialismo esta allí en nuestras riberas, montañas y llanuras. En la vida, en su multiplicidad y diversidad, ¿posmodernismo?, llámenlo como lo quieran llamar la vida es así, nuestro entorno no es plano, claro y distinto, es más bien quebrado, confuso y diferente. Y hoy cuando enfrentamos crisis sociales, políticas y económicas nuestro pensamiento debe tender hacia la trans-versalidad, debe transitar por distintos caminos. Decía Michel Serres, filósofo francés, que el mejor método para entender la realidad es la “excursión”, “ese viaje breve, generalmente de placer, hecho con la intención de volver al punto inicial”.

Ese viaje breve que nos invita al Retorno a la Vuelta a la tierra, a la vuelta a la ecología, esa ciencia que nos invita a estudiar las relaciones entre los seres vivos y su ambiente. Esa ciencia que nos brinda una alternativa al destructivo capitalismo global.

Creo que esto explica mí “excursión” por la ecología, un viaje transversal que se confunde entre raíces, ríos, hombres hicoteas, mangos, campesinos, prácticas, fiestas, culturas, bailes, comidas, etc.

Juan Camilo Díaz M.

Geografías quebradas.

agosto 19th, 2011 § Dejar un comentario

A la pregunta ¿Existe una geografía latinoamericana? que responderían ustedes. Así comenzaba una larga charla en uno de los auditorios de la Universidad. Otra vez el dilema acerca de “lo latinoamericano”, otra vez indagando por nuestras raíces para llegar a la conlusión de que no sómos puros y es imposible pensar sin los paradigmas que nos heredaron los europeos.

Los panelistas, un mexicano y un colombiano, trataron de resolver la cuestión, el primero nos hizó un recorrido amplio sobre el estado de la geografía en la academía de su país, sus desarrollos, sus avances, etc., mientras lo escuchaba, mís pies no dejaban de quejarse del cansancio y anhelaban estar descalzos para sentir lo húmedo del suelo. Suelo, tema de geográfos, topográfos y geológos. Sentir el suelo, la tierra, las piedras, los quiebres, eso anhelaban mís píes. De repente apareció el tema del fútbol y el geográfo manito consideró que era más pertinente hablar sobre el partido Colombia – México, en vez de desgastarnos tratando de resolver una pregunta que parece bastante polémica. Gol, pense yo, por fin algo verdaderamente latinoamericano, algo que apasiona a miles en la Patagonia, atraviesa los Andes, recorre Centroamérica, en fin rebota entre patadas, gambetas, rabonas y atajadas la quebrada geografía de Nuestra América.

El segundo, un geográfo conocido en el medio local, abordo de manera más global el asunto y concluyó tajantemente que no se podía hablar de un pensamiento geográfico latinoamericano. Pobres de mís píes, que al escuchar estas palabras seguían lamentando su dolor. Más tarde las preguntas y las discusiones. De las sillas del auditorio emergió una especie de falla geológica o geográfica, no se, no estoy seguro de la existencia de estas últimas, un “crítico”, un sabio, como aquél que el mexicano había extraído de las líneas de “El Principito”. Ese pasaje en el cual, éste (El Principito), habla con un geográfo y le pregunta por el sentido de su oficio. Los geográfos, respondío el viejo, son sabios que saben donde están los mares, los ríos, las ciudades, las montañas, los desiertos. Ahh veo!. Pense. Entonces nadie mejor que un geográfo para saber donde se está parado.

De nuevo mís píes, esos sí que sabían donde estaban. Poco a poco fuí entendiendo que la cuestión no era de quién sabía más o que fulano podía responder de forma más clara la pregunta. La polémica por la existencia de un pensamiento geográfico latinoamericano se torno incolora, insabora y hasta inolora, cada uno de los que intervenía en la discusión quería sobresalir como las montañas y enarbolar su punto de vista como punto de referencia o “mojón” inequivoco. El tiempo pasaba lento. Y entonces apareció de nuevo el territorio y la forma como ocupamos dicho espacio. Con diagonales, paredes, esquemas tácticos confusos, etc., sí, apareció de nuevo el fútbol en la discusión, parece que para ser un buen técnico se necesita ser un buen geográfo, la cuestión de ocupar los espacios en la cancha no es tan sencilla.

Y en medio de tanta gambeta dónde quedaba “lo latinoamericano”. Afortunadamente para mí, la respuesta a dicha pregunta no estaba en la cabeza de aquellos que ocupaban el territorio llamado auditorio. La respuesta estaba en mís píes. Doloridos y cansados, quienes reflexionaban acerca de la discusión eran ellos. Mí conciencia estaba allí en mís píes, ellos me indicaban el lugar al cual pertenecía y desde el cual hablaba, ellos eran mís raíces. De allí, de su contacto con lo húmedo, seco, arenoso, lodoso, mojado, tierno, duro, aspero, oloroso, suave emerge cada uno de mís pensamientos. ¿Existe o no existe un pensamiento geográfico latinoamericano? No soy geográgo, y como tal no tengo la autoridad para dar una respuesta, pero realizar esa pregunta es como cuestionarse sí existe o no exíste un “pensamiento latinoamericano”, tal vez desde allí deba comenzar la interminable discusión, pero antes de escuchar y debatir, todos deberíamos agachar la cabeza y observar el suelo, la tierra, el lugar en el que estamos parados y el cual ocupamos con nuestros inútiles inventos y discusiones.

Juan Camilo Díaz M.

Revista Izquierda No 13.

julio 3rd, 2011 § Dejar un comentario


Ya salió el número 13 de la REVISTA IZQUIERDA. Comparto con ustedes mí artículo. CENAPROV: 50 años de lucha. La Toma de un porvenir.

El delirio caribeño. Entrevista a Roberto Burgos Cantor

junio 22nd, 2011 § Dejar un comentario

Por Marcos Fabián Herrera. CON-FABULACIÓN
Cuando se le ve con gabardina negra y con anteojos a la usanza de un novelista decimonónico, fácilmente se llega a creer que nos encontramos frente a un santafereño ancestral, que porfía en su acicalada vestimenta de filipichín capitalino. Son sus libros los que revelan con mayor acierto su condición de caribeño. Roberto Burgos Cantor nació en Cartagena de Indias el 4 de mayo de 1948. Su rito iniciático en la literatura se lo debe a Manuel Zapata Olivella, quien le publicara su primer cuento en la memorable revista Letras Nacionales. Su obra es un decantado empeño en alegorizar, con un singular matiz, la vastedad de una región colombiana, poseedora de dimensiones distintas a las ya instauradas como manidos clichés.

Al leer sus libros, se afinca la certeza de que el Caribe es una fuente inacabable de literatura. ¿Encuentra secretos vínculos entre la desaprensión y el alborozo caribeño y el permanente deseo de poetizar dichas vivencias?
En el Caribe coexisten dos estirpes. A ellas es posible seguirlas, entre otras novelas, en Cien años de soledad. Una es representada por los personajes que llevan el nombre de Aurelianos. Otra se identifica bajo el nombre de los Arcadios. Los primeros son los solitarios, los que hacen guerras, se ensimisman fabricando pescaditos de oro, descifran manuscritos. Ahí están Rafael Nuñez, Luis Carlos López, Nieto Arteta. Los otros, ruidosos, acompañados todas las veces, contando a gritos proyectos grandiosos que nunca se inician, un desafuero insaciable que jamás se colma. Ahí están los canales alternativos al de Panamá por el Atrato, la ciudad de espejos y chimeneas en una orilla agreste del Pacífico, en Cartagena de Indias, Benito, el chacero, candidato presidencial por tres veces, ofrecía un ventilador de montaña con aspas de trasatlántico para instalarlo en la colina de la popa y refrescar los calores indoblegables de julio. Sin embargo, tengo la impresión de que las miradas sobre el Caribe que se quedan en alguno de los fragmentos de su complejidad vienen de una percepción corriente en el siglo XIX. Ellas cuentan con un supuesto aval científico. Este consiste en definir a las tierras bajas, de climas cálidos, como territorios de imposibilidad para cualquier cultura, vedados al pensamiento y condenados por la eternidad al zangoloteo. Esta curiosa clasificación eurocéntrica la reprodujeron Caldas y Samper. Es argumento de discriminación, desprecio y más exclusiones. Conjeturo entonces que la vida y sus producciones, lo que Rubén Blades llama la maestra vida, es fuente de literatura. Si acaso el Caribe añade un reto más: la dificultad de nombrar y de revelar, puesto que en los mundos al margen de los prestigios literarios, expulsados de la atención privilegiada de los doctores, tener que rescatarlos de la neblina de lo invisible, demanda imaginación y quizás amor.

El componente reflexivo que acompaña cada pasaje de La ceiba de la memoria la hace distante del relato arquetípico. ¿Es el artilugio novelístico la principal herramienta para la revaloración de la historia?
La historia –sea el ángel de Benjamin, o el idiota de Shakeaspeare (Sound and Fury), o la pesadilla de Joyce, o la descripción de Braudel–tiene una manera propia de poner a flote su masa de pasado. Las novelas y los cuentos pueden surgir de los intersticios vacíos, silenciosos, donde la huella del pasado, si acaso estuvo, se desvaneció. Por allí se cuela la imaginación y propone una inteligibilidad, un orden o un caos, una lectura. Ello será si el texto existe como literatura y eso es lo que funda. Las concepciones que pretenden trasladar los retos de una ciencia a las artes, como una manera de sosegar y obviar las dificultades propias, incluso de puerilizar los problemas, son un fracaso y una estafa.

¿Busca Ese silencio descubrir las raíces de la concepción amatoria en la mujer del litoral y la presencia del mismo en el gozo carnavalesco?
Cuando el escritor se refiere a lo que escribió se ve interferido por una especie de pudor que le impide agregar voces al texto publicado. Una manera de esquivar el impedimento que he encontrado es advertir y aceptar que el escritor como lector de sí mismo no imprime legitimidad adicional a su lectura. Está como cualquier lector, quizá con la desventaja de esa lectura que hace mientras escribe, a lo mejor en estado de atolondramiento por las condiciones de la producción literaria. Entiendo el carácter transgresor del carnaval, su ruptura instantánea de ataduras. No sabría si María de los Ángeles tiene que ver con “el gozo carnavalesco” por lo general, lleno de signos exteriores, de énfasis, que requieren deshacer la normalidad por seguro que sea el territorio que la cobija. Si algo puedo ver en Ese silencio es una aventura que indaga formas de relacionarse y se inmiscuye en rostros diversos de lo amoroso. Soy de los que considera que el amor es cómplice necesario de la libertad. Comparten quizás el amor y la libertad una sustancia común, de forma que sus expresiones están protegidas por el secreto. Tienen raíces profundas que no han sido desenterradas.

Los cuentos y relatos reunidos en los libros De gozos y desvelos y Una Siempre es la misma confrontan la fragilidad de lo humano, pero al tiempo el valor de sobreponerse con arrojo…
En algún momento de la escritura de El patio de los vientos perdidos se coló con nitidez la visión de unos cuentos. Era tan precisa la idea que no se me ocurrió ponerla en notas y tuvo el efecto de quitarme un peso adicional a las incertidumbres de esa navegación sin brújula que es escribir novelas. El peso tiene que ver con las ambiciones del arte. El escritor siente que se acerca el momento inevitable de obsesionarse con las tachaduras y reescrituras en las márgenes y entrelíneas. En ese momento, tener entre manos una continuidad lo alivia del vacío que se aproxima. En las artes no hay grados, el escritor no se diploma de nada. Cuando dejó de escribir, dejó de ser escritor. Así termina por estar cerca del abismo cada vez que cree que considera haber concluido un texto. Pero ocurrió ese noviembre de fiestas en Cartagena de Indias, yo estaba en Bogotá D.C. y sentí como que no había más líneas, más palabras, para la novela que por primera vez escribía y por primera vez creía poner el punto final. Me entretuve en corregir, en las versiones limpias, eran tiempos de la máquina de palo. Y cuando quise encontrar los cuentos que había visto, escribirlos, estaba vacío de ellos. Y de repente, una frase. Como los cantantes. Como las invenciones del jazz. Y me dediqué a perseguirla. Era distinto a lo que me había visitado antes, y así fue De gozos y desvelos. Con los años, en 2009, se publicó Una siempre es la misma. La lectura que propone tu pregunta es válida y perspicaz. Yo no lo concebí con deliberación. Creo que en cada vida íntima se da una batalla, por inconformidad o por hastío; por rechazo o por aburrimiento; y muchas veces nadie lo sabe.

El boxeador, el aristócrata, los músicos y las putas de El patio de los vientos perdidos, configuran un cuadro tan disímil y a la vez compacto difícil de ubicar por fuera del Caribe colombiano. ¿Es esta novela un tributo al delirio y fantasmagoría costeña?
Debe haber algo en los territorios de transgresión de las novelas que le permite a los personajes probar suerte con la ilusión imposible de la felicidad. Indagar por sus formas sin antecedente. Sin embargo, ese espacio propone una igualdad: quienes ingresan buscan los mismo y mediante igual procedimiento. La regla tácita es no violar las reglas. Aceptar la bella mentira de que te quieren. Dudo en llamar “delirio” a algo que percibo en el Caribe. Sus gentes no piden nada, pero lo quieren todo. Esta tensión les permite una irreverencia natural y una capacidad de burlarse de sí mismas que las hace inmunes a las migajas y sus protocolos rimbombantes, a las celebraciones de medianía. Sí hay un delirio en el Caribe: la luz. Sí hay una, como tú la llamas, “fantasmagoría”: tanto sepultado en el mar. Sin duda, la mitad más un cuarto de nuestra historia, todavía deshilvanada.

¿Podría precisar las coordenadas en las que se encuentra la música y la escritura en sus libros?
No tenía conciencia de los pasadizos entre la música y mi escritura. Una vez un editor revisaba un texto que me había encargado. Yo llegué en ese momento a mirar las propuestas de ilustración que fueron confiadas a David Manzur y de entrada el editor me dijo: empecé a leer tu historia y al rato estaba dando golpecitos al suelo con las puntas de los pies. Llevaba el compás. Si paraba se detenía la lectura. Es de suponer que en el Caribe la música, por razones diversas, está metida en el cuerpo, incorporada en la vida. La música preside la vida y acompaña la muerte; aviva el dolor y dulcifica el sufrimiento; sirve de salvavidas a las flaquezas del recuerdo; e incluso propone sensibilidades sustitutivas a los vacíos de la aventura; y por supuesto interviene en las formas del movimiento, reinventa el silencio de la danza. Tengo la impresión que quien hizo evidente esa complicidad fue Guillermo Cabrera Infante. De cualquier manera la una y la otra mantienen su autonomía y sus expresiones propias. A lo mejor, ambas apuestan por encontrar el silencio.

Lo Amador se arriesgó a fabular la costa confrontando una ciclópea sombra patriarcal. ¿Cómo asume la escritura de un universo geográfico y cultural sembrado de prevenciones en los lectores por su manida concepción garcíamarquiana?
Parecería evidente que Gabriel García Márquez, sus cuentos y novelas, resolvieron para siempre muchos de los problemas que implicaban el paso de una escritura con las severas interferencias del mantenimiento y celebración de formas caducas impuestas como reglas del buen gusto, de los empecinamientos testimoniales de una realidad tan reciente como violenta, de concesiones a cierta noción ingenua de la diferencia, uno de cuyos fundamentos era lo exótico, lo pintoresco, un lenguaje, o, mejor, unas palabras desconocidas y sin significado en la lectura, a la aventura pendiente del encuentro con la modernidad. Por motivos que deben meditarse, hay obras de la literatura que se convierten en símbolo, en biblia de un país. Para bien y para mal. Así El Quijote es el símbolo de la libertad en España. Y, naturalmente, el de la locura.
En Colombia, el inocente alborozo que condujo a millones de seres a bautizar a sus hijos con los nombres de Efraín y María y nunca con el bello de Ney, el nombre de la esclava, hallaron por fin en Cien años de soledad algo más que un directorio santo para nombrar cristianos. Dieron con un ícono que poco a poco sirvió para dar cuenta del ser latinoamericano. Sin embargo, el abrumador proceso de las interpretaciones, aunó a críticos y glosadores, comentaristas y reseñadores, estudiosos y lectores, en la coincidencia de mutar la fina intuición de Alejo Carpentier de lo real maravilloso en el repetido realismo mágico. Con los años, esa expresión, con su soberbia intocable de talismán y palabra revelada, se fundió con Macondo o macondismo. Fue despojada de su virtud y se transformó en el pernicioso hábito de nombrar y hacer responsable, explicar y justificar las desgracias, crímenes y tremendas anomalías sociales y políticas, por la supuesta pertenencia a la zona sagrada del realismo mágico. El efecto de esta aceptada y casi ilimitada explicación es devastador: el hecho condenable, el delito, la canallada se cubren de un manto benigno que envuelve la gravedad, la obliga a ingresar a un orden mágico que escapa al orden terrenal. Allí, todo puede ocurrir en la infinita perversidad humana y todo escapa a la sanción ética, a la sanción legal. Entonces el reto para los escritores es apasionante. Ni más ni menos que desajustar, desacomodar una conciencia colonizada y con deformaciones, una conciencia pervertida por la autoridad, el Gran Hermano, o como quieran llamar a los que se autoerigen en dueños del mundo. Tengo la impresión que como nunca antes, hoy, existe una literatura con registros distintos, vasos comunicantes, que dejó atrás la tradición de un solo libro, una sola novela, un solo poema. Agradezco la perspicacia de tu pregunta, pones el acento en algunos lectores y dejas que cada escritor asuma sus riesgos, su reto

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